Ayer en la charla sobre la niña interior hablábamos de la diferencia entre viajar medio tirados en el asiento trasero de un barco sin conocer la dirección de éste o hacer este camino llevando el timón del barco. Un paralelismo entre vivir desde la parte herida de nuestro niño interior o bien desde nuestro adulto.
✨ Cuando vivimos desde nuestro niño interior herido exigimos a los que nos rodean que atiendan a este niño: dándole atención, solucionándole los problemas, decidiendo por él lo que es mejor… Y esto nos pone en una posición de víctima, en una actitud pasiva, en un lugar donde navegamos al son de los otros y esperamos que nos llenen para estar bien. Normalmente esta exigencia es inconsciente y esta posición nos da fuerza para quejarnos y para lamentarnos y estar anhelando que venga alguien a cuidarnos.
✨ En cambio cuando nos hacemos responsables de nuestra niña interior podemos vivir desde un lugar maduro, desde nuestro adulto. Vivir desde ese lugar significa atender a las necesidades del niño interno y sostener sus emociones. Es decir que si necesito poner un límite lo pongo a pesar de que al otro este límite le puede no gustar. Y significa también que si siento tristeza le doy espacio para que salga esta emoción y estoy conmigo apoyándome, en lugar de pretender estar “bien” y poner esa emoción debajo de la alfombra (tarde o temprano va a salir y seguramente con más intensidad).
Para poder saber qué necesita esta niña interna necesitamos parar y escucharla. Conectar con ella cada día. ¿Qué le pasa, qué siente, qué necesita? Atenderla y cuidarla. Desde aquí podemos tomar responsabilidad de nuestra vida, tomando el timón de nuestro barco.
La calidad de esta relación determina la calidad de las relaciones que tenemos y en definitiva nuestro bienestar ❤️
¡Y qué suerte con los muchos mares que hay para navegar! 🌊
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